Libro de detectives: “La muerte empieza en Polanco”

He aquí un libro sobre detectives que me encanta, escrito por Jomí García Ascot, poeta y cineasta (entre otras cosas) tunecino-mexicano, digno talento local, de esos que no tienen la posteridad que debieran. Es una divertida y rápida novela narrada en primera persona por un detective privado mexicano que se ve envuelto en un lío de espionaje internacional que casi le cuesta la vida.

Libro de detectives: "La muerte empieza en Polanco"

La muerte empieza en Polanco

Tengo la impresión de que de algún modo García Ascot conoció cerca la actividad detectivesca real porque, a pesar de lo literario, refleja bastante de la cotidianeidad de esta profesión, tan comúnmente lejana de la imagen común sobre esta figura. Incluso la eventualidad de ser engañado y manipulado, quién lo iba a decir.

A continuación, así comienzan las aventuras del detective Martín Mesa, ya nos dirán qué les parece:

Si me hubiera dado cuenta desde un principio que me estaban vigilando, las cosas hubieran sido distintas, y me habría ahorrado muchos problemas. Lo que pasa es que en este trabajo uno se vicia, y a fuerza de vigilar a los demás, no se le ocurre que también lo puedan vigilar a uno.

Tengo que aclarar algo: soy detective privado. Y lo tengo que aclarar con cierto detalle porque, en México, no es una profesión común. O es muy pinche. No quiero decir con esto que yo sea una especie de Sam Spade o Philip Marlowe, pero he tratado de conservar cierta dignidad en el oficio, De hecho, sólo es mi oficio para ganarme relativamente bien la vida. Lo que en realidad soy es crítico de cine. Y lo que estudié fueron le­tras, en la vieja Facultad de Mascarones. La cuestión es que fui viendo a mis amigos de entonces, o bien morirse de hambre o corromperse a través de una imposible acumulación de trabajos intelectuales (cursos, colaboraciones, artículos, notas, prólogos, criticas, conferencias), o bien emigrar a colleges y universidades de Estados Unidos y perder absolutamente su antigua identidad y personalidad. Otros, probablemente más sabios -o solamente mas prácticos-, dividieron sus vidas entre el placer de comer y la diversión. Casi todos se metieron a agencias de publicidad y allí la fueron más o menos haciendo. Así empecé yo también, Pero después de varios años de “juntas de planeación” y “estrategias creativas”, metido de ocho a diez horas diarias en un manicomio que se sentía sanatorio y entre tarados que se sentían ejecutivos, decidí dividir mi vida de otra manera y hacer algo diferente. Me gustan los paseos por la ciudad, me gustan los cafés, me gusta la lectura y el ocio. Y me gustan, entre otras muchas cosas, el cine y la novela negra. Empecé a escribir crítica de cine (o mal pagada o no pagada en lo absoluto) y me metí de detective.

Parece mentira, pero si uno se “posiciona” bien (eso lo aprendí en la agencia de publicidad) y trabaja honradamente en una actividad que se base en la deshonestidad de los demás, hay bastante trabajo, bastante buen dinero y una vida variada y relativamente tranquila. Por lo menos hasta ese día de abril.

Acababa de regresar de Monterrey, en el primer vuelo de la mañana, después de haber ido a enseñar a un cliente de una compañía cervecera las pruebas de que su esposa no estaba precisamente de compras en la capital, sino prácticamente recluida en el Hotel Camino Real con un joven de muy buen físico y muy malos antece­dentes (había estado practicando la misma operación con esposas de industriales de Saltillo, Guadalajara, Torreón y Los Mochis. Sabía cosas más íntimas de la vida en el Norte que Harry Moller). No es que me guste particularmente este tipo de investigación, pero es la más frecuente, la mejor pagada y, no tratándose de deshacer amores profundos y verdaderos -uno sigue siendo algo sentimental-, a eso se arriesgan los mari­dos industriales, las mujeres de maridos industriales y los que se aprovechan de las mujeres de los maridos industriales.

La cosa es que, habiendo terminado este caso y cobrado una cantidad apreciable (sobre todo por mi proverbial discreción y por no usar estos casos para iniciar un chantaje posterior, cosa que ha desacreditado a muchos de mis colegas), saque mi Volkswagen del estacionamiento del aeropuerto (hubiera sido más barato que se lo llevara la grúa) y me prometí unos agradables días de reposo y algunas visitas al Bella Época y a la Cineteca, en donde se anunciaban buenas cosas de Ford, Lang y Hawks. Nunca se me ocurrió que me estuvieran siguiendo.

Y la verdad es que, excepto en el caso de un joven y celoso novio que por alguna razón me creyó amante de su ni tan atractiva novia, nadie me ha seguido nunca, que yo sepa. Y en aquel caso el joven en cuestión era tan ostensiblemente ingenuo que no tuve más remedio que darme cuenta de ello, llevarlo a tomar un café y conven­cerlo al fin de que si veía a Elvira (así se llamaba la desdichada) era porque precisamente ella me había contratado para averiguar si él le era infiel. Es una de las pocas veces en que, en lugar de estropear un matri­monio, lo he provocado. Después de haberme divor­ciado dos veces, no sé qué es mejor.

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