La a veces fácil lucha contra la corrupción

Es sencillo predicar contra la corrupción. Y no tan sencillo evitarla cuando nos quita un problema de encima. Pero se puede evitar. La corrupción adquiere muy diferentes formas y en ella siempre intervienen dos partes: quien la propone y quien la acepta, ambos responsables éticamente y tal vez legalmente.

Por supuesto la casuística es amplia y no hay un consenso cultural. Ni siquiera normativo. Por poner un ejemplo, los “pagos facilitadores” (que facilitan trámites) en unas legislaciones son consentidos pero en otras no. Pero aunque todos tenemos claro que la corrupción es dañina para la sociedad, a veces no parece lo mismo para la persona. Si soltar unos pocos pesos nos ahorra tiempo o multas, esto nos parece un beneficio, no un daño. Pero ese costo que pagamos sin que nos den recibo, ese dinero que está fomentando que mañana nos pidan más, ¿realmente era necesario? ¿Acaso no daña nuestra economía particular y más si lo podíamos haber evitado?

No pretendemos hacer ahora un análisis criminológico de estrategias anti soborno, pero invitamos a la reflexión con una experiencia real en la Ciudad de México: Un ciudadano tiene su moto estacionada y al cabo de un rato decide moverla para dejarla en un sitio un poco mejor, a dos metros de distancia. Pues la moto pesa bastante, la mueve en marcha pero no se pone el casco. Y justo aparece un policía. El policía le indica que está prohibido circular sin casco y que le puede multar por ello. El motorista le explica que simplemente estaba moviendo la moto, que eran un par de metros. Se desencadena un diálogo en que durante un buen rato cada uno de los dialogantes insiste en su posición, hasta que el policía le dice que no quiere seguir ahí discutiendo; que él lo que quiere es irse a tomar un refresco. Esto parece una sugerencia para que el motorista le dé el dinero para un refresco y de este modo se acabe el problema. Es decir, parece una invitación al soborno.

En este punto el motorista tiene la opción de pagar y presumiblemente olvidarse del problema, pero no lo hace. Sabe que lo ha hecho no es grave y en el peor de los casos le puede acarrear pérdida de tiempo y una multa que, aunque mayor que el soborno, tampoco es excesiva. Sabe que tiene testigos del hecho y que también tiene la opción de llamar a una patrulla, o a organismos superiores, para que le ayuden a aclarar los hechos. Y sabe que, dada la insignificancia de la conducta a infraccionar, ese intento de multa puede sonar a corrupción y, por tanto, tal vez el policía en cuestión desista, ante la posible difusión del hecho.

Dicho y hecho. El motorista mantiene su estrategia de resistencia verbal y el policía se cansa, se marcha y finalmente no infracciona. En este caso concreto funcionó fácilmente. En otros casos no es tan fácil. Pero siempre hay que resistirse. No nos referimos a resistirse al precio; es decir, no se trata de regatear, sino de no pagar nada. ¿Qué es lo peor que puede pasar?

En no pocas ocasiones las solicitudes de sobornos son en realidad fraudes. Ya que hablamos de casos de policía, nos han referido casos en otros estados de la República Mexicana en que por alguna infracción han llegado a amenazar con llevar el coche al “corralón” (depósito municipal) cuando en realidad en el correspondiente código de circulación no está contemplado ese castigo para tal hecho. Una de las mejores estrategias de defensa contra la corrupción es estar bien informado. Lo que queremos decir es que a veces si no se paga el soborno, no pasa nada. Y uno se siente bien.

Se siente bien porque no se está contribuyendo al fenómeno dañino. Y porque tal vez así ese policía dedique menos tiempo a conseguir dinero extra y más a cuidar a los ciudadanos, como hace la gran mayoría de los policías en el Distrito Federal.

No se interprete que la estrategia de resistencia individual acabará con la corrupción. Hay que acompañarla con muchas medidas preventivas, como en este caso una podría ser elevar los sueldos de la policía. Pero sí contribuimos a la lucha.

Hay variedad de estrategias contra el soborno; tampoco se interprete que siempre hay que actuar de la misma forma. Y menos si la integridad física está en juego, como en otros ámbitos sucede con algunos casos de extorsión.

Pero sí recuérdese que a veces negarse cortésmente a pagar el soborno, sea de la envergadura que sea, es más fácil de lo que parece y produce resultados. Se puede, todo es cuestión de empezar.

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