Seguridad para la tortuga marina

La tortuga marina, ese pobre quelonio que acaba en sopa, pico de gaviota o fauces de tiburón, añade un destino a su lista de infortunios fatales: morir en la playa atropellada por un coche.

Este puente anduvimos por Acapulco y lo que presenciamos en la playa Revolcadero nos dejó bastante apesadumbrados. Imagínese: preciosa playa hacia la infinitud del Océano Pacífico, puestas de sol de camastro y margarita, arena fina, garzas desayunando en la orilla, zona de desove de tortugas. Eso parece que invita al sosiego contemplativo y a confraternizar con la naturaleza. Pero no, en vez de esa guinda sensorial, imagínese diez cuatrimotos (quads) a toda mecha dando vueltas, derrapando y saturando oídos humanos y avícolas, en son aturullante con las radios de jeeps repletos de balones, viandas, toldos, cerveza y aparcados en la propia arena a escasos metros del agua.

Tal conglomerado festivo surge delante de un hotel muy grande e importante en la zona, cuyos clientes son de repente clientes del grupo que alquila dichas motos. Aparte del problema ecológico, esto representa un notable peligro para los bañistas, especialmente para los niños porque, según lo observado, las motos aparecen por todos partes, incluso por la orilla. Y algunos conductores, muchos veinteañeros, no parecen muy experimentados. Por supuesto, por lo que recuerdo, con veinte años echar carreras en moto con los cuates por la playa puede ser de las cosas más divertidas. Si bien podría ser de las menos un atropello.

Según algunas informaciones, el hotel ha tratado de luchar contra esta situación pero no ha podido. Y no nos extraña, porque son un regimiento los muchachos que alquilan las motos. Al final el hotel se limita a avisar a los clientes de que ese es un servicio externo y de que tengan precaución pues esas motos no suelen contar con seguro.

No estamos en contra de que la población local disfrute también las ganancias generadas por el turismo, todo lo contrario. Pero hay maneras. Ni siquiera en contra de que se oferten tales servicios y quien quiera pueda echarse una cerveza y luego correr en cuatrimoto. Pero hay lugares. Como también hay lugares para estacionar las camionetas.

Delante de este famoso hotel hay una cohorte de masajistas, tatuadores, vendedores de artesanía, cosméticos, textiles, alimentos y bebidas, personas que rentan pequeñas tablas de surf, más unos cuantos caballos que también se alquilan. Bien, hasta ahí va bien; quien acude a la playa de Acapulco es consciente de que no está yendo a un retiro espiritual. Pero por favor, que cuatrimotos y coches queden fuera, que desplacen esa industria a otro lugar. Resulta inaudito que no actúe en esto la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, la Semarnat, pues las playas en México son competencia federal. De todos los mexicanos, dicen.

Y también de las tortugas, decimos nosotros. Porque llevan arribando a esa playa a cumplir su divina ley mucho antes de que las playas fuesen competencia federal, colonial, olmeca o incluso humana. Como si no tuviera suficiente la tortuga con romper el cascarón una noche e irse en dirección contraria, ilusionada por luces humanas que ya quisieran ser reflejo de luna en el mar; como si no tuviera suficiente con haber sido exterminada incluso en sopicaldos degustados por el mismo Darwin, como para que ahora esté tan ricamente en su huevo esperando el momento de salir a planear, con esa paz, por los fondos marinos y llegue un juerguista en su jeep y pisotee su cáscara ancestral en un alarde ebrio de piruetas, porque se permita entrar coches a una playa en la que cómo negárselo, con todas las cuatrimotos dando vueltas.

Qué tristeza tener que desaconsejar acudir a ese cacho de playa por la falta de seguridad para los humanos y desaconsejar aceptar los servicios de la industria turística local por la falta de seguridad para las tortugas. Incluso sería lo mejor para los propios empresarios de las motos darle ya un giro a esta actividad, claro ejemplo de turismo insostenible.

Las tortugas marinas están en peligro de extinción, según clasificación de la propia Semarnat (NOM-059-SEMARNAT), que suele hacer buena labor para su protección. Qué se podrá hacer por la pobre tortuga, ese dinosaurio marino de cara afable y espalda pétrea que, con ser vieja, aún no entiende de dinero.

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