Detectives en tiempos del Facebook

Las seis de la mañana. Clareando viene el día. Día de, por ejemplo, 2005. Un par de hombres intentan pasar desapercibidos en el interior de un coche, delante de un edificio de seis alturas sin garaje. La teoría es que el investigado ha de salir de casa y subirse en algún coche estacionado en las inmediaciones, que habrán de seguir. El problema es que no conocen la cara de la persona a vigilar; el cliente no les proporcionó foto.

Les proporcionó, sin embargo, una detallada descripción: “Es inconfundible. Mide 1.80, es fuerte, lleva gafas, pelo castaño y rizado, anda muy marchoso y le gusta silbar.” Pues tras los primeros vecinos madrugadores sale un joven que se ajusta a esa descripción. Pero no se le ve el cabello pues lleva gorra. Eso sí, va silbando Candilejas por lo que, tras un rápido consenso, los detectives proceden a su seguimiento. Aguardan una distancia prudencial, uno baja del coche, lo sigue y observa que, efectivamente, muy cerca del domicilio, abre un auto Mazda. El detective a pie se comunica con el apoyo en coche, que lo recoge inmediatamente y proceden al seguimiento.

El seguimiento no plantea mayor problema. El investigado no circula rápido y es respetuoso con las normas. Toma una ruta no prevista, aparca y se baja. Se va tomar un café. Uno de los detectives entra con él a la cafetería y a los pocos minutos escucha que un señor carajillo en mano le dice al investigado: “¿Viste el partido de anoche, Andrés?”

¿Andrés? El detective sale de la cafetería sin darle un segundo sorbo al café, regresa al coche y le dice al compañero: “Nos hemos equivocado, este hombre no es, éste se llama Andrés, no Jaime. Rápido al domicilio”.

En el domicilio del investigado nuevamente. A las 12 de la mañana ya llevan unas cuantas horas en las inmediaciones y están empezando a llamar la atención. Hacen una comprobación, llamando todavía más la atención, y averiguan que Jaime ya no está en la casa. Presumiblemente salió justo en el rato en que se iban detrás del falso Jaime, justo en los quince minutos en que nadie estaba cubriendo la salida. Suele pasar. Más en edificios de 6 alturas por 4 viviendas en cada altura, igual a 24 viviendas, lo que hace un total de mucha gente confundible. Optan por desmontar el operativo y volver al día siguiente, o al otro mejor.

Mejor hubiera sido, para la investigación, tener una foto de la persona a vigilar. Evidentemente. Por lo general, cuando el solicitante legítimo de la investigación, el cliente, no aporta foto, se hacen unas gestiones previas al operativo de vigilancia, que conduzcan a una clara identificación visual del objetivo a seguir. Incluso tenemos especialistas en esa materia. Para que no ocurran desastres como el descrito. Que bien podría ser un caso real. Por supuesto esas gestiones implican disponer mayores medios, pero el resultado merece el esfuerzo. Lo demás es dejar demasiadas variables fuera de control. Y, por supuesto, en un planteamiento como el descrito, lo adecuado hubiera sido contar también con más medios humanos para que, en el caso de ausentarse detectives para realizar una identificación, se quede otro equipo en el edificio e identifique y siga al verdadero Jaime, el cual ahora quién sabe donde está.

Está claro que para realizar una investigación de manera seria lo mejor es no escatimar medios, pues la estadística juega en contra. Pero no era ese el asunto a tratar. Era la foto. Qué diferencia hoy día, en 2012, recibir un encargo de investigación: “Es inconfundible. Mide 1.80. Ahí ves la foto en Facebook”.

Facebook, el libro de caras, ha aportado al humano nuevos y muy interesantes patrones de comunicación. También una poderosa herramienta de inteligencia. Y una fuente de riesgos. Uno de los riesgos es poner al alcance de una enormidad de gente la foto propia. Hemos expuesto el ejemplo de arriba para mostrar la diferencia que puede haber entre tener una foto y no tenerla. Pero no sólo para los detectives. También para personas que persiguen fines delictivos, cuyos métodos de investigación en algunos aspectos no difieren tanto. Y de estos son de quienes hay que preocuparse por que no tengan nuestra foto, en el caso de que podamos ser de su interés. Simplemente el que no tengan una foto puede hacer la diferencia entre ponerlo en bandeja o ponerlo difícil y que se pueda detectar a tiempo un operativo de vigilancia hostil, y tomar las medidas adecuadas en su caso.

Caso omiso hacen millones de personas a esta sugerencia de no publicar la foto propia, pero es normal, no se puede nadar a contracorriente de la modernidad. Y hay casos, especialmente de personas con proyección pública, en que sería absurdo. Ahora bien, si no se es personaje público y se desea tener la foto propia en el perfil, pero se puede llegar a ser objetivo interesante para la delincuencia, hay que asegurarse de tener el perfil bien configurado, de modo que no cualquiera pueda ver la foto. Y no piensen que, por que no aparezca la foto al buscar nuestro perfil en Google, ya no pueden verla los delincuentes.

Los delincuentes también usan Facebook. Desde su propio perfil, si no tenemos el nuestro bien configurado, es más fácil que puedan ver no sólo la foto, también nuestros amigos y tal vez hasta los comentarios. Poderosa herramienta de inteligencia, decíamos. En fin, la configuración de privacidad y seguridad en esta aplicación no es sencilla, hay que dedicarle tiempo y realizar las verificaciones oportunas. Y por otro lado, de nada sirven estas tareas de protección si luego aceptamos, ojo papás de menores, a cualquiera como amig@, tal vez sin conocerl@, que podría ser cualquier otra cosa y que ya va a tener acceso a nuestra información y puente de plata a la localización. Que al final, si ponen medios y tiempo, nos localizan igual, pero pongámoslo un poco más difícil.

Difícil se plantea la tarea de motivar a millones de jóvenes que han nacido con el Facebook para que pongan más atención, por su seguridad, a la privacidad, cuando ésta parece estar desapareciendo. Cuando en 1992 un servidor adquirió un Motorola Micro Tac, semejante tabique que tenía que acarrear en una mochila, y extendiendo la antena lo sacaba para hablar, no eran pocos los amigos que reían e inmediatamente comenzaban a hablar a la par, con la palma de la mano en la oreja, de acciones en petroleras, de bonos en alza y compra de yenes. Y luego juraban que nunca tendrían uno de esos aparatos esclavizantes. Ya imaginan qué ha pasado después.

Después de todo, ampliar la red aporta enormes ventajas, personales y profesionales. Todo el mundo acabará teniendo Facebook, lo que seguro alimentará otros avances sociales y tecnológicos. Pero, ahora que está casi empezando, es buen momento para pararse a comprender las implicaciones de su uso y enseñar, especialmente a nuestros hijos antes que los mueva la simple inercia, a cómo configurarlo con unos mínimos criterios de seguridad. Mínimos aunque sea. Los detectives en tiempos del Facebook estamos actualizados y hemos aprendido a usarlo. Quizá no ponemos nuestra foto, pero buscamos las ajenas. Así que imagínense aquellos que no se atienen a la ley y que también l@ pueden esperar a las seis de la mañana, cuando viene clareando el día.

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