Seguridad privada problemática

Resulta llamativo que reciba seis disparos la fachada de un antro y se dé a la fuga un Lamborghini naranja. Esta escena nos la describían los periódicos la semana pasada. El jueves por la noche, en Polanco, barrio notable del Distrito Federal, dos coches, el citado deportivo y un Dodge Charger, se implicaban en el tiroteo al antro, según fuentes policiales del DF.

Se sigue hablando del asunto y el Procurador General de Justicia del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, informa que aparentemente los tiros los pegó, desde el Charger, el guardaespaldas del joven dueño del Lamborghini. El guardaespaldas se identifica como ex militar con licencia de armas. Aún no se sabe con certeza a qué se debieron los tiros. La versión que da el presunto responsable de los disparos es la defensa propia ante una amenaza desde otro vehículo. Otras fuentes periodísticas indicaban que la causa fue una discusión con empleados del local. Al margen de lo que ahí ocurriese, cosa que se encargarán las autoridades de determinar, nos parece este suceso un buen motivo para hablar sobre responsabilidad social de usuarios y proveedores de los servicios de seguridad privada, específicamente los de protección de personas.

Ocurre a veces que el protegido, o VIP, conduce a su escolta a situaciones peligrosas innecesariamente. Otras veces es al contrario. Sin llegar a los extremos de los disparos, centrémonos en otros detalles sintomáticos. Estamos acostumbrados a presenciar la escena del protegido en su coche y detrás el de los guardaespaldas haciendo brusquedades, cerrando el paso y ganándose la antipatía de los otros conductores. Muchas veces tal rechazo resulta lógico, cuando ven que unos hombres con el ceño fruncido tienen consideración nula hacia su preferencia circulatoria o, lo que es peor, nulo respeto en lo personal. No son raras las broncas de guardaespaldas con otros conductores por cuestiones de tránsito, lo que, por cierto, añade peligro innecesario al ya inherente a ser una personalidad. Pocos conductores conocen lo que motiva la conducción antipática de los escoltas. Les explicamos someramente:

En vías con circulación densa, como es el caso de tantas y tantas en el Distrito Federal, el coche de escolta debe permanecer pegado al coche del protegido, no sólo por garantizar la inmediatez en la respuesta a un posible ataque, sino por no perderlo de vista. Es decir, si se empiezan a meter coches entre ambos, puede que al siguiente semáforo pase el VIP y no la escolta, con el consiguiente riesgo para el primero. Esto obliga al coche de escolta a no ceder el paso a nadie o incluso a infringir algún precepto de la circulación. Pero esto no obliga a la descortesía; a nuestro entender, no se pierde en rápidamente pedir una disculpa a los otros conductores o agradecer su comprensión en determinados momentos. Eso lo hemos visto hacer a los mejores profesionales, sin desatender su tarea principal.

Como vemos, son inevitables algunas maniobras molestas para el resto de la ciudadanía o para el propio protegido. Lo que sí es evitable es la manía de algunos escoltas de ir pegados al coche que protegen, incluso en vías rápidas y de poco tráfico, en resumen, cuando no hay necesidad para ello. Al no respetar la distancia de seguridad, ponen en peligro por alcance al coche del protegido y no permiten a éste tener un campo visual adecuado en sus retrovisores. Aparte, por supuesto, de la dificultad añadida para realizar una contravigilancia óptima en esas condiciones. Si se hace un buen trabajo previo, esto es, de prevención, no hace falta confiarlo todo a la reacción, aunque se esté muy preparado para ella.

En algunas ocasiones es el protegido quien circula sin ninguna consideración hacia su propia escolta y, en definitiva, hacia los demás. Va a una velocidad completamente inadecuada, que obliga a sus protectores a realizar diversas piruetas para alcanzarlo. Se pone en riesgo a sí mismo, a sus guardaespaldas y, lo que es peor, a otros conductores y transeúntes, que nada tienen que ver con las necesidades de seguridad de determinada persona. Además, el tener que emprender persecuciones para proteger al VIP concentra demasiada atención visual de los escoltas en el tráfico y por tanto se distraen del cometido principal, que es permanecer vigilantes.

Obviamente el correr mucho dificulta que nos puedan hacer un seguimiento, pero existen medidas de contravigilancia más eficaces y que no ponen en riesgo a los demás. Lo cierto es que extremar las habilidades al volante obliga a mirar menos a los espejos, y complica ciertas comprobaciones de detección de vigilancia hostil. Correr mucho crea en ocasiones una falsa sensación de seguridad a los VIP, pensando que así nadie podrá seguirlos. Pero les aseguro que un equipo profesional con los medios adecuados lo puede hacer. Es responsabilidad del protegido pensar en sus guardaespaldas y no dificultar todavía más su labor. Y es responsabilidad de los guardaespaldas no caer en juegos ni carreras innecesarias y explicar al VIP, sin complejo ninguno, la pertinente motivación técnica y algunas pautas a seguir.

Sin ir más lejos, este fin de semana, en una carretera interestatal, presenciamos la escena inquietante de un vehículo a alta velocidad, adelantando y zigzagueando entre coches, y detrás una Chevrolet Suburban con la escolta haciendo lo propio. Hemos de mencionar que la Suburban pesa más de dos toneladas, ¿saben el trabajo que cuesta frenar eso a 160 km/h y, por consiguiente, el riesgo que representa ese tipo de conducción para los demás conductores, cuya vida es tan respetable como la nuestra?

No todos los contratantes de seguridad privada contemplan esas cuestiones. Ni otras. Son tradicionales ciertas desconsideraciones de algunas personalidades hacia sus guardaespaldas, como son que los confundan con el botones o bell boy y les hagan cargar la compra o las maletas. O que los confundan con la niñera. Esto no debe ser permitido por el profesional, por muy buena fe que tenga. No sólo por integridad, sino porque además supone una merma en la capacidad de reacción ante posibles agresiones. Otro ejemplo típico de situación desconsiderada es aquella en la que el protegido no avisa al escolta de sus planes inmediatos, o lo somete a jornadas interminables de trabajo, como si éste no tuviera familia, necesidades básicas o derecho a un mínimo descanso.

Cuestión aparte es la confiabilidad de los escoltas. En cuanto a la de los protectores públicos, los policías, aquí en México ayer precisamente atendíamos a la XXXI Sesión del Consejo Nacional de Seguridad Pública. Se produjo al respecto un debate de sumo interés. El presidente de México, Felipe Calderón, con el fin de lograr una policía confiable, instaba a gobernadores a finalizar los procesos aprobados para la criba de la policía. Entre los procesos se halla la prueba del polígrafo. Algunos gobernadores planteaban alternativas a dicho método de verificación de la confiabilidad, especialmente proponiendo la investigación de trayectoria e historia patrimonial de los policías. En el sector privado ocurre lo mismo, existen diferentes métodos para evaluar la honestidad y el grado de integridad de la persona que nos va a proteger. Hay empresas serias dedicadas a las pruebas poligráficas, esto es, al interrogatorio apoyado por medios técnicos que dictaminan la veracidad de las respuestas. Y también empresas u organizaciones que realizan muy buenas investigaciones prelaborales al efecto. Tales pruebas e investigaciones son perfectamente compatibles. Por su parte, las empresas de seguridad que prestan servicios confiables de protección de personas se encargan también de realizar las verificaciones oportunas a su personal, además de capacitarlo. La cuestión es delicada; quien pase muchas horas con su protegido va a saber mucho de él y conviene que sea de fiar. Y, por supuesto, igualmente conviene que se le trate dignamente y con el máximo respeto.

Se necesitan más escoltas con un perfil adecuado, responsables, motivados y con capacidades, entre ellas, la de diálogo. Lo mismo se puede decir de los contratantes. También se necesita la cooperación de escolta y protegido para incordiar lo menos posible a terceros. Desde luego, que se andase alegremente pegando tiros nocturnos sería lo último; sería un atentado a la reputación del protegido y, sobre todo, un riesgo para los demás. Existen muchas maneras de prevenir una situación análoga, de las cuales son las mejores un buen proceso de selección, una empresa confiable, una buena capacitación, una actitud profesional y, en especial, ética y sentido común por ambas partes, contratante y contratado, que eviten el peligro ajeno y las barrabasadas propias.

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