Pizza, datos, paranoia

Tan peligrosa puede resultar la paranoia como la falta de atención. La primera nubla el entendimiento y causa problemas. La segunda despista la seguridad física o patrimonial. Los profesionales de la seguridad y de la inteligencia a veces tendemos, sobre todo en los primeros años de profesión, a percibir en demasía el entorno y ver peligros donde tal vez no los hay. Lo cual no es del todo malo; estar alerta sirve para el oficio. Ahora bien, si sostenemos una actitud de desconfianza extrema y pensamos que de cada cinco dos nos están espiando y uno nos quiere asaltar, mejor dedicarnos a otra cosa, porque esa ansiedad nos impedirá trabajar bien y discernir las verdaderas señales de hostilidad.

Velar por la seguridad, propia o ajena, requiere tranquilidad. Pero también información y respuesta, en su caso. Hace un tiempo hicimos en casa un pedido a la pizzería cercana, aquí en el Distrito Federal. No nombramos la franquicia en cuestión, pero le daremos aviso por si ayudamos a que dicha empresa sea más consecuente con su responsabilidad social. Entendido pues que se trata de una crítica constructiva y que además traen una de pepperoni realmente muy lograda, les contaré qué poca consideración tuvo esa pizza hacia nuestra seguridad.

Ocurrió que una vez relamidos reparamos, antes de tirar la caja de la pizza, en que ésta llevaba una pequeña etiqueta en un costado, en la que figuraban los siguientes datos:

Nombre y apellido de la persona que hace el encargo

Domicilio completo

Número de teléfono

Nosotros, que estamos acostumbrados a estas cosas, solemos tomar medidas que minimicen el riesgo creado, pero en cualquier caso, vaya jugada. Los que hace dos semanas nos hayan honrado con la lectura del artículo “Basureo como útil”, ya habrán visto lo delicado que es dejar datos personales desperdigados en la basura. Y aunque uno mismo es el primer responsable del cuidado de sus datos, la verdad pocos repararán en la dichosa etiqueta. Pocos toman medidas de contrainteligencia digamos doméstica. Pocos se imaginan que alguien con malicia pueda usar los datos de la etiqueta para, por ejemplo, una llamada de extorsión, cosa común en México. Y si nos llaman, tal vez finjan, con lo poco que tengan, conocer más de lo que en realidad, pero siempre asustando un rato. Conocemos aquí bastantes personas, en el sentido de abundantes y en el sentido de que ya bastan, que han recibido llamadas escalofriantes en que una voz supuestamente infantil o juvenil finge ser la de un hijo o hija secuestrada. Luego otra voz da instrucciones para preparar un rescate. Si la víctima de la llamada no tiene hijos, a otra cosa. Si los tiene, la angustia es tremenda y en la confusión y desesperación, muchos hacen transferencias. Por cierto, para evitar eso, el Consejo Ciudadano de Seguridad del Distrito Federal pone a su disposición un programa denominado “No más extorsiones telefónicas” mediante el cual brinda apoyo a víctimas de estas llamadas a través del teléfono 5533-5533 o de su Centro de Contacto.

Unas semanas más tarde de nuestra pizza, en una agradable sobremesa comentábamos, precisamente a cuento de un pedido de comida, y poniendo como ejemplo la consabida pizzería, que había que considerar el uso despreocupado que hacen algunas empresas de nuestros datos. Al menos antes de que nosotros se los facilitemos. Y si hay que darlos, cada uno sabrá cómo. Uno de los presentes nos dijo que no se podía vivir con la paranoia. Servidor, que está acostumbrado también a este tipo de comentarios, describió los riesgos de que esos datos caigan en malas manos si bien, en definitiva, cada uno es libre de actuar como considere conveniente. Y al final, nuestro amigo relató que tiempo atrás en su misma familia fueron víctimas de llamadas de extorsión que los tuvieron temporalmente muy preocupados. Y me atrevo a pensar que viviendo con paranoia. Le pregunté si sabían de dónde podrían haber obtenido los extorsionadores sus datos y me respondió que no. Si se hubiese podido averiguar el origen de los datos que causaron la llamada, tal vez se habrían sorprendido.

Es evidente que no sólo la basura es fuente de datos para intenciones delictivas. También sirven documentos públicos o privados, directorios, marabunta de páginas en internet, filtraciones del entorno, empleados con o sin mala fe, etc. O la caja de la pizza. Tantas y tantas fuentes tan diversas como inimaginables para quien no se dedica a buscar datos debajo de las piedras. Es una alegría que en México en breve entre en vigor la Ley Federal de Protección de Datos en Posesión de Particulares. La pueden descargar en la web de del IFAI, Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos, organismo encargado de poner en marcha esta ley y hacerla cumplir, esto es, el organismo equivalente a la Agencia Española de protección de Datos en España. La ley mexicana tiene semejanzas con la española, si bien es menos exigente en algunos requisitos pedidos a las empresas. Por lo que hemos visto formales, más que de fondo, pues el espíritu es el mismo: la protección de los datos de las personas. Y queremos enfatizar las personas, pues la protección del dato no es sino la metáfora jurídica de la protección de los seres vulnerables que están detrás de sus nombres, sus teléfonos, sus direcciones.

El deseo del legislador de velar por nuestra privacidad que, insistimos, es antesala de nuestra seguridad, se debe en gran parte a que en México, en España y, en general, en todo el mundo, existen empresas que son más cuidadosas con sus datos que con los ajenos. Es probable que usted haya recibido en alguna ocasión una llamada promocional o una encuesta en la que le preguntan datos personales y, sin embargo, el número del que proviene la llamada aparece como privado. Además de que raras veces le dicen qué tratamiento van a recibir los datos que usted proporcione. Y hay más; hay empresas que por sistema tratan de recolectar todos los datos posibles, sin que aparentemente aporten significado al motivo de su solicitud. Le puedo citar como ejemplo un par de ocasiones en que hemos tenido que devolver un producto en una conocida cadena de tiendas de bricolaje y la persona que nos atiende nos pide, para poder hacernos la devolución, nombre completo, domicilio y teléfono, que va introduciendo en la computadora del mostrador. Computadora a la que por supuesto no nos informan quién tiene acceso ni qué medidas de seguridad provee a tales datos. ¿Qué objetivo se persigue pidiendo tales datos a quien realiza una simple devolución de mercancía, ni siquiera muy costosa, pagada en efectivo? ¿O acaso se aprovecha la ocasión de vernos compelidos a dar la información para así engrosar la base de datos de clientes? Nosotros no lo tenemos claro.

Tampoco tenemos claro por qué la pizzería imprime y pega en la caja tal etiqueta. Si es por diferenciar e identificar pedidos, creemos que bastaría con asignarle un simple número de orden. Y no parece que se trate de anotar las señas del domicilio para consulta del repartidor, pues la pizza va dentro del cajón, atrás de la moto. Parece lógico pensar que esto se trata de falta de cuidado por parte de la organización. Pero creemos que ha de ser parte de la Responsabilidad Social Empresarial el cuidado de los datos y del derecho a la privacidad de sus clientes, trabajadores, proveedores, etc. Con independencia de la nueva ley de protección de datos, que por supuesto todos hemos de cumplir por el bien de todos.

No se trata de un recelo cotidiano enseñando los caninos. Se trata de pautas simples que nos dejen más tranquilos. No sólo a los consumidores que, entregados a creer en la causa de la empresa, les damos nuestros datos personales dando por supuesto que los tratarán con el debido respeto y no acabarán reluciendo en la basura. También pautas que dejen tranquilas a las empresas. Imagínese que se comete un delito grave, se juzga a los culpables y relatan que lo pudieron perpetrar en parte gracias al uso de la citada etiqueta. Al día de hoy, al menos en México, tal vez no sufriera la empresa un perjuicio legal, pero ¿un menoscabo en la reputación? Bueno, pues les vamos a enviar el artículo a la franquicia pizzera en cuestión, a ver qué nos cuentan. Ya les diremos si nos responden o piensan que son paranoias.

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