Foro, corrupción y franeleros

Es tiempo de comenzar a escribir en nuestra revista y qué mejor motivo que el Foro Legalidad Democrática, Ética, Derechos Humanos y Seguridad, que ha concluido esta semana en la Cámara de Diputados de México. Junto a otros expertos, en este foro ha participado muy significativamente el juez Baltasar Garzón. Garzón abrió la sesión explicando que la corrupción es uno de los instrumentos más activos del crimen organizado. De hecho, a su juicio, es uno de los tres pilares en esa lucha, junto a la coordinación entre las instituciones del estado y la participación de la sociedad civil.

Hace unos días se ha visto en Monterrey que uno de los efectos secundarios de la corrupción puede ser medio centenar de muertos. Presuntamente se incendió el casino por no atender sus dueños las demandas de la extorsión. Pero cuando en unas semanas de los muertos no se acuerden más que sus doloridos familiares y amigos, pues tal vez sean reemplazados en las portadas por otros muertos y, en cualquier caso, como dice Espronceda a la muerte de Teresa, quién a parar alcanza la carrera del mundo hermoso que al placer convida; cuando quede como recuerdo del Foro su primera jornada descansando en Youtube, ya la corrupción no parecerá tan mala y hasta la miraremos con el cariño que da el trato.

Luchar contra la corrupción no sólo es una cuestión de ética o seguridad, que también, sino especialmente de economía. Sin ánimo de análisis profundo, señalemos problemas que genera: distorsiones profundas en el funcionamiento del mercado, asignación ineficiente de recursos, delitos contra el medioambiente, incrementos inciertos de costos, mayor desigualdad social, etc. Podemos fumar o no, gustarnos más o menos, pero todos sabemos que el tabaco es malo. Podemos entrarle a la corrupción, gustarnos más o menos, pero todos coincidiremos en que es mala para el país. Ni siquiera a los delincuentes les parece bien que se les suban los precios por abuso de poder. Aparte del ámbito público, la corrupción inquieta a las empresas y espanta el capital extranjero, y eso repercutirá en el desarrollo económico del país y la calidad de vida de nuestros hijos, incluidos los de los delincuentes. Muchos se preguntarán; si estamos de acuerdo en eso, entonces, ¿por qué en México los políticos, en lugar de gastar en anuncios sobre lo bien que han hecho esto o aquello, no gastan en salir tres caras juntas y decir vamos todos a luchar contra la corrupción? Porque, como ha dicho Garzón en declaraciones a El Universal, en el combate al crimen todos deben remar en el mismo sentido. Garzón puede caernos simpático o no, parecernos que rema en un sentido o en otro, pero es indudable que sabe de lucha contra el crimen.

En México la corrupción está muy enraizada. Y parece que nos molesta, pero somos benevolentes cuando nos viene bien. Pongamos un ejemplo cotidiano. Los equivalentes a los gorrillas de Andalucía, aparcacoches furtivos tolerados, son aquí los franeleros, apodo que reciben por la franela siempre en la mano, como bandera de aquí tengo lugar. También son conocidos como los viene-viene, por su típica indicación. En España, los gorrillas son en muchas ocasiones drogodependientes de osamentas desartaladas. Aquí, en cambio, se les ve más saludables e igualmente en lo económico su industria. Pero hay más diferencias. Un gorrilla espera a que aparques, o llega corriendo y girando las manos al revés que maniobras, y luego te pide una propina. Aquí algunos no. Directamente plantan una cubeta en el hueco, se apropian del lugar, y antes de que plantees la maniobra te indican cuál es la tarifa. Y, según la zona, tranquilamente te pueden pedir 30 o 40 pesos (hoy alrededor de los dos euros). Y qué haces. O se los pagas refunfuñando, o das mil vueltas y aparcas en un lugar remoto, lo que tampoco contribuye al humor matutino. Ahora bien, si tienes recursos, pagas y alegremente alquilas la vía pública, te quitan la cubeta y en un minuto, en la oficina. Y además te ofrecen el servicio de lavado. E incluso puede que desgraves IVA, porque algunos ya dan factura. ¿Quién pierde? Todos, pero de manera inmediata el ciudadano que no tiene los recursos, aunque viva en esa calle. Tal vez se queje y clame al cielo, y más pensando que del negocio participan, según se dice, funcionarios. Pero si buscando aparcamiento comete una infracción y le para la patrulla, no sería cosa rara que ofreciese una lanita por librarse. El comerciante en la puerta observa la escena mientras planta las cubetas para reservar la vía pública a su cliente. Y en fin, sólo era un ejemplo.

Qué medidas adoptamos. ¿Prohibimos los franeleros? ¿Los regularizamos? ¿Les damos otras oportunidades? ¿Cuáles? En nuestra opinión, mientras no dispongamos de otras oportunidades, habrá que tolerar su presencia, y que complementen la propina con la lavada, o que ofrezcan servicio de revisar la presión de las ruedas, o la arterial de usted si hace falta, pero no se puede permitir que exijan precio por la vía que es pública. Y con esa normalidad. Porque eso es un ataque frontal al derecho y a la ciudadanía. Ahora, no el peor, pero habrá que empezar por las pequeñas cosas si no se puede por las grandes. Porque la vía pública es de todos, como la obligación de luchar contra la corrupción. Por supuesto, habría que complementar unas medidas con otras, por ejemplo, colaboración activa de las patrullas; no es recomendable pelearse con los viene-viene. Y por supuesto a los policías hay que pagarles más, porque aquí ganan una cifra que me causa sonrojo reproducir. Pero, por encima de todo, tendríamos que unificar criterios y actuar todos al unísono. Ya no participemos en la corrupción. Podemos empezar por buscar otro hueco donde no paguemos la extorsión. Hay que dar ejemplo si después nos queremos quejar. Luego vendrán logros mayores.

Me pareció interesante la intervención final del juez Garzón que, observando que sus colegas de evento habían puesto mucho énfasis en la corrupción en lo público, recordó que en lo privado es también un problema enorme. Puso como ejemplo el clásico “sin factura es tanto” y exhortó a combatirlo. Y la verdad es que ya estamos tan acostumbrados a eso, que las racionalizaciones y justificaciones salen solas. El ámbito privado es un generador de actitudes expansivas. Hablando con amigos sobre el toreo del IVA, alguno sostiene que esos impuestos no se sabe a dónde irían a parar. El franelero diría que a él no. Total, o realmente nos unimos o esto va para largo. No estoy seguro de que en el Foro todos hayan participado de ese espíritu de equipo de remeros, pero desde la empresa tenemos un gran reto y la gran oportunidad de cambiar las cosas. También desde la familia. Y desde la persona. ¿Quién empieza? Usted y yo.

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