Escáner versus corrupción

Que la burocracia enreda, enoja y causa ineficiencia es bien sabido, pero hay que asumir que también favorece el delito. De forma inmediata, el de corrupción. Tuvimos el gusto de asistir este martes al 9º Congreso Internacional de Responsabilidad Social que organiza COMPITE (Comisión Nacional de Productividad e Innovación Tecnológica). Una de las ponencias que más me plació fue la de Salvador Vega, titular de la Secretaría de la Función Pública (SFP), secretaría que precisamente lucha contra la corrupción, en especial la que se dé en gobierno.

Contaba Salvador Vega que la lucha reactiva consiste en sanciones, haciendo énfasis en la social, la exposición pública a la vergüenza, véase alguno de los vídeos que cuelgan en Youtube. Pero la Secretaría trabaja también la prevención de la corrupción. Mediante algo tan sano como la “tala normativa”, esto es la eliminación de normas y trámites que, literalmente, sobran. Tal programa ha merecido reconocimiento de la ONU. Al día de hoy ya han liquidado 16.174 normas y 2.257 trámites. No está mal. Y aún quedan por talar. Ponía el Secretario como ejemplo de burocracia a tratar, cuán desmedido es que el gobierno pida el Acta de Nacimiento para no sé cuántas cosas, siendo el propio gobierno el encargado de expedirla.

Precisamente, la Dirección General del Registro Civil de la Ciudad de México, por su parte, también está haciendo buenas cosas al respecto. Ha concluido hace no mucho la digitalización de 27.7 millones de documentos, entre ellos las Actas de Nacimiento. Gracias a ello, en kioscos de la Tesorería se expedirán de forma inmediata copias certificadas e igualmente se podrán solicitar vía Internet y se enviarán al domicilio. Bien, gracias. Es también sana mejora, pero queda trabajo. Por ejemplo, para hacer el cambio a la nueva tarjeta de circulación con chip se exigen, entre otras cuantas cosas, las constancias de pago de las últimas cinco tenencias (equivalentes a impuestos de circulación). Ese pago lo puede ver el funcionario de turno al instante en su pantalla, sin embargo, exigen los papeles. Y si el ciudadano ha extraviado alguno, debe darse la vuelta refunfuñando y habrá de ir a la Tesorería. Ahí, para pedir un triste duplicado de un pago, debe presentar, agárrense: tarjeta de circulación o acta de extravío ante el Ministerio Público (copia certificada), factura de la primera enajenación del vehículo o carta factura (si tuviera endoso la factura también), identificación oficial, carta poder ante dos testigos en caso de ser persona diversa al propietario del vehículo quien realice el trámite (original y copia de ambas identificaciones). En caso de personas morales, se deberá presentar acta constitutiva y poder notarial. Y foto autografiada de un abuelo del notario. Esto último es broma, todo lo anterior no. Además, 60 pesos. Ocurre que a alguien, temiendo todo eso, se le podría ocurrir solventar de modo monetario esa peripecia y ahorrar tiempo. Y al funcionario se le podría ocurrir aceptar la solución, sabiendo que en verdad está todo en regla.

Entonces, podríamos pensar, la corrupción es buena, hace justicia ante tal maraña de trámites innecesarios. Pues no. Porque si pagamos para que nos acorten el trámite, ya sea porque nos soliciten un dinero o nosotros lo ofrezcamos de oficio, estamos acostumbrando a un trabajador a cobrar injustamente. Ese trámite horroroso va a terminar creando felicidad a quien lo exige, está generando ingresos y por tanto va a resistirse a desaparecer. Y no sólo eso. Estamos creando una cultura de asunción del trámite absurdo, por tanto, el mismo funcionario puede pensar que si se inventa un nuevo requisito, no va a pasar nada, nadie se extrañará. Así que pueden salir nuevos trámites que al final perjudicarán al pagador, en el mejor de los casos, y en el peor al probo ciudadano. Por ejemplo, vemos en la web de Función Pública que este mes se desmanteló una red de corrupción en Semarnat, la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales. Según la SFP, entre otras cosas, los servidores públicos de Semarnat emitían “Constancias para transporte del carbón”, documentos inexistentes en la normatividad ambiental. Imaginen el por qué.

La burocracia es un factor que fomenta la corrupción, por parecer al consumidor alternativa más simple. Existe evidencia de correlación entre los países más burocratizados y los más corruptos. No es casualidad. La digitalización será una medida que ayude a quitar ese engorro y cambiar esa cultura nociva. El escáner del Gobierno del DF, junto a medidas como la tala normativa del Gobierno Federal, irá levantando las cabezas sumisas al papeleo. Reducirá burocracia, porque los funcionarios podrán consultar al instante los documentos necesarios y autorizar los trámites. Menos papel. Más ecológico. Pero también más ágil y seguro. Porque no quedarán por ahí desperdigados tantos datos personales sensibles y cuya consulta no se puede rastrear. Es decir, si alguien consulta vía computadora un documento, dejará una huella digital inequívoca. Si la consulta es un papel, poco o menos se puede hacer. Y esa huella puede ser muy relevante, porque ese documento se podría usar con fines delictivos, como falsificaciones o averiguaciones de datos conducentes a localizar personas para victimizarlas. Y ahí hemos llegado a la conexión de la corrupción, y por ende del papeleo, con tipos más graves de delincuencia. Porque el funcionario que se corrompe, llegado un momento, es posible que no distinga el bien del mal sino centena del millar.

Por la tarde, asistimos a otra ponencia, que tampoco nos defraudó, de Alfredo Esparza, Director General Adjunto de Estudios y Políticas en la Unidad de Políticas de Transparencia y Cooperación Internacional en la Secretaría de Función Pública. Cómo cabrá todo eso en su tarjeta de visita. Habló de las convenciones nacionales anticorrupción. De eso sabe y lo acredita el hecho de que lo acaban de elegir para presidir el comité de expertos de la Organización de Estados Americanos (OEA) contra la corrupción. Orgullo para los mexicanos tal distinción a un compatriota. Desde aquí lo queremos felicitar y desear suerte, que también será la suerte de todos los mexicanos presentes y futuros. Le preguntamos a Alfredo Esparza qué incentivos, aparte de los económicos a los trabajadores, pensaba que prevenían la corrupción. Nos respondió que, fundamentalmente, la transparencia, tanto en el sector público como en el privado.

Ciertamente la información, la certeza de que algo se puede hacer a pesar de la negativa del tramitador, o la certeza de que un requisito no es necesario, es freno a la corrupción. Pero claro, hace falta esa transparencia en la organización y una pequeña diligencia del usuario para informarse. La combinación de opacidad y desinterés va en contra del usuario. Y esto ocurre tanto en la empresa pública como en la privada, donde también existe corrupción, ofertada y demandada. Alguna parte del sector privado en países como México está contagiado de burocratitis y retroalimenta la cultura ya descrita, que además aminora la competitividad.

En bancos, compañías de telecomunicaciones, etc., nos hemos encontrado casos desesperantes. Una muestra: Después de dos semanas de espera para abrir una cuenta de empresa en un banco que aparenta modernidad, ya con el dictamen positivo del departamento jurídico y todos los papeles en orden, desistimos de abrirla porque el subdirector de la sucursal reparó en lo siguiente: En el contrato de arrendamiento de la oficina y su correspondiente justificante de domicilio (una factura telefónica), las direcciones diferían. Ahora sí tomen asiento; los datos coincidían excepto que en uno ponía “Piso 28″  y en el otro “P. 28″. Por más que argumenté y apelé al sentido común, el empleado, un tanto abochornado, me decía que no podía hacer nada, que existían precedentes de que le rechazaban aperturas por eso y le echaban la bronca, que era por motivos de seguridad (luego me comentó también que le restaban de su bono si había incidencias), y que nosotros teníamos dos opciones: hacer un nuevo contrato de arrendamiento y cambiar la dirección, o poner como domicilio de la cuenta el particular del administrador. Tampoco es broma. Así que le dijimos adiós muy buenas y nos fuimos a otro banco. Más adelante conocí en un avión a un Gerente de Control Financiero de aquella entidad, con quien entablé animada conversación de las que hacen los vuelos cortos. Le comenté el suceso y quedó estupefacto. Creo que igualmente le causó sonrojo el asunto, que me pareció achacaba a la falta de criterio del subdirector en la aplicación de la norma. Se ofreció amablemente a ayudarme, pero ya era tarde para entonces, éramos clientes de otro banco.

Llegados a este punto, es bueno aclarar algo. Es cierto que en ocasiones las trabas obedecen al intento de extorsión, pero en otros muchos casos, la gran mayoría, los motivos son más mundanos. El ínclito Larra cuenta, en su ínclito artículo “Vuelva usted mañana”, que aconseja a su amigo francés, el cual llega a España a solucionar unos negocios y se da en las narices con la consabida burocracia local, que no busque motivos malignos ni conspiraciones en el proceder de los burócratas. Le dice: “La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.”

Sean galgos o sean podencos, las empresas deben asentar en sus estructuras criterio contra el papeleo. Ser flexibles al cambio, no aferrarse a formalidades superfluas. Así harán un bien a su cliente y harán un buen cliente. Mostrarán respeto por su tiempo y además contribuirán al cambio, al desarraigo de la cultura burocrática que tantos daños acarrea. Es una cuestión de responsabilidad social. El cliente prefiere pasar tiempo con su familia que superando las doce pruebas de Axtérix. Los gobiernos deben talar normas y usar el escáner. Recordaba Salvador Vega que el mejor gobierno es el que no estorba. Y el ciudadano, en lo que le toca, debe resistir la tentación en la ventanilla. Puede rogar, bailar, implorar, suplicar o después protestar, pero trate de contener la billetera.

En el citado congreso de COMPITE, decía Liam McLaughlin, consultor de energía, que todos estamos de acuerdo en que hacen falta cambios, pero que esperamos que los hagan los demás. En conclusión, estimado lector, nótese cómo una suma de pequeños actos pueden desestabilizar un país, y cómo gestos individuales lo pueden engrandecer.

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