Contrainteligencia en Coyoacán y en la empresa

He aquí Coyoacán. En Náhuatl, lugar donde hay coyotes. Primera capital de Nueva España, hoy llamativo barrio del sur del DF con bonita iglesia, bonita plaza, vendedores de globos, multitud de paseantes y helados apercibidos. Una tarde de domingo, a sentarse en la terraza de una mezcalería, a una orilla del parque, llega un matrimonio, uno de cuyos componentes es quien suscribe. Al poco de sentados, reparamos en que a unos metros se encuentran tres jóvenes que, por su indumentaria festiva y actitud, parecen supervivientes de una despedida de soltero del día anterior. Beben alcohol en la vía pública y eso aquí está prohibido, por lo que al rato, dos agentes de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal, SSP DF, digamos para foráneos policías locales, se detienen y hablan con ellos, les piden documentación, etc.

La conversación se torna crispada y uno de los tres jóvenes, alterado y aparentemente ebrio, se pone cada vez más agresivo, por lo que los agentes llaman refuerzos. Ya están cuatro agentes, jóvenes, fuertes, pero el joven tal vez beodo no se intimida y en una de estas le atiza a uno de los policías, al que ya estaba amenazando a voces, un sonoro bofetón, cachetada que dicen aquí. Yo, al igual que el resto de los clientes, no pierdo detalle y me admiro del estoicismo del agente y su entrega abnegada a la profesión y quizá a la conservación; se mantiene en un segundo plano mientras sus compañeros tranquilizan al agresor con palabras y poco tocamiento. Finalmente, el joven poco a poco se va calmando sin necesidad de reducirlo y los agentes prudentes se lo llevan detenido, entiendo, sin engrilletar pero rodeado. Una actuación muy limpia.

Pues he aquí que al son del retorno de los ojos a nuestros asuntos y mezcales, oh divinos licores, se escucha justo en la mesa de al lado: “¿Mi bolsa? ¿Y mi bolsa? ¡Mi bolsa!”. Resulta que, aprovechando el alboroto, le robaron la bolsa a una joven, y con ella de paso el teléfono y la cartera de uno de sus amigos, que le había dado a guardar. Un desaguisado para ambos. Uno de esos robos que alimentan las teorías criminológicas de la oportunidad, como la bicicleta sin candado o el maletín distraído. Pero en este caso el ladrón oportunista supo aprovechar rápido una ocasión que venía facilitada por un evento imprevisto, disipador de la atención de la víctima.

Ya poco se pudo hacer. Mi esposa, que sin ser detective no se le escapa una, le comentó a la joven que, justo en el el apogeo de la bronca, un señor se aproximó  a nuestras mesas dejando el griterío a sus espaldas. Creo que lo vi de reojo pero no me inquietó, y andaba yo más pendiente de las cachetadas. En medio de los lamentos aparece un mesero comentando que no es la primera vez que esto ocurre, y que vio al tal señor y se dio cuenta de que no era un cliente. Me dieron ganas de contestarle una grosería, pero al no ser yo la víctima del robo me fue fácil reprimirla. Me limité a pedirle que la próxima avisase a los clientes. La responsabilidad social empresarial no es un conjunto de obras de caridad. Creo que es parte de la responsabilidad de una empresa proteger a sus clientes, y más si el consumir en el negocio los pone en cierto riesgo.

A estas alturas, dirá nuestro lector, pero todo esto qué tiene que ver con el título. Pues aquí por fin aparece la contrainteligencia. ¿Por qué alguien, en este caso el oportunista, no presta la mínima atención a esa bronca, suceso tan notorio, como sí hacen el resto de las personas en la terraza? ¿Por qué alguien actúa de manera tan contraria a como se esperaría que hiciese? En un interesante libro del que otro día hablaremos, el Reglamento para el Servicio de Información en campaña, publicación marcial española de 1966, se recomienda precisamente que, aparte de recolectar información sobre lo que hace el enemigo, se indague en lo que éste deja de hacer, pues ese tipo de noticias son con frecuencia más valiosas. Recuerdo haber leído, hace mucho, un artículo en la revista Interviú sobre las tropas españolas en el norte de África, esto es, en las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. Contaba este artículo que en el ejército se producía una sana convivencia de religiones, y que los soldados musulmanes atendían a sus obligaciones sagradas sin problema ni recelo. No parecía extraño que un soldado acudiera a su mezquita a rezar las veces necesarias. Pero si dejaba de hacerlo, ahí la inteligencia militar prestaba especial atención, temiendo la infiltración enemiga. Cabía la posibilidad de que el soldado hubiera sido captado por las redes del terrorismo fundamentalista y estuviese tratando de disimular una reciente afiliación, precisamente aparentado desinterés religioso.

En muchas empresas también se atiende a la repentina falta de acción. Tal signo puede proporcionar información muy valiosa. Por ejemplo, si una empresa del entorno competitivo coloca anuncios con regularidad en un medio de comunicación y deja de hacerlo, lo normal es preguntarse por qué. Si ello obedece a un cambio de estrategia mercadotécnica, o a la reacción contra algo que se publicó en tal medio que no simpatizó a la empresa, o a dificultades financieras, es algo que conviene analizar. También puede ocurrir que un empleado de repente deje de incluir a su jefe en correos electrónicos en los que antes solía estar incluido; puede que ya no esté contento.

Se puede obtener, pues, enseñanza de este suceso dominical. Tanto en nuestra empresa como en nuestro discurrir cotidiano, si en el entorno algo no marcha conforme a la lógica o la costumbre, hay que atender al motivo. Ello nos puede dar una ventaja competitiva, o prevenirnos contra acciones hostiles y tal vez oportunistas, como las técnicas de caza de ese carnívoro emblemático, el coyote, que campeaba hace unos cuantos siglos por el sur del hoy Distrito Federal.

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